Maribel Hastings y David Torres

Como van las cosas, no nos vendría mal aprender a hablar ruso, al menos para pasar de palabras elementales y conocidas como “nyet” (no) a términos un poco más complicados como “izmennik” (traidor) que podría ponerse de moda más pronto de lo que nos imaginamos.

Porque entregar como hizo Donald Trump el honor del país en bandeja de plata ante los ojos del mundo y a una nación considerada tradicionalmente hostil como Rusia no tiene precedente en la historia de Estados Unidos. Y mucho menos que la nación favorecida con este acto haya sido la coprotagonista de ese largo periodo denominado Guerra Fría —que a tantas generaciones puso a temblar—, y en cuyo extremo se encontraba nada menos que la conocida “tierra de las libertades”, tan defendida en todos los terrenos, tanto por su sociedad como por sus respectivos gobiernos. Hasta que llegó Trump.

El exdirector interino de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), John McLaughlin, lo describió magistralmente en MSNBC: “Estados Unidos ha sido atacado y el presidente (Donald Trump) está del lado del enemigo”.

Tal parece que el apotegma de Kennedy le pasó por encima de la cabeza al actual mandatario estadounidense, si es que alguna vez lo asimiló: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”.

Difícil tarea para un megalómano como el actual inquilino de la Casa Blanca, que lo único que está haciendo por su país, además de avergonzarlo en el extranjero, es poniéndolo a modo para que otra potencia lo absorba y lo desplace hacia el ámbito de los ninguneos. Esa ha sido la intención de Putin desde que llegó al poder: tomar venganza por todo el daño histórico infligido por parte de los gobiernos de Estados Unidos al otrora poderoso bloque soviético, al que obligó a “tirar ese muro” en la era de Gorbachov, tras lo que se derrumbó también su hegemonía en esa región del mundo. Pero la “cortina de hierro” se empieza a abrir otra vez.

En efecto, Rusia atacó nuestro sistema electoral para favorecer a Trump en las elecciones de 2016 (y sigue intentándolo), pero para Trump y sus ciegos seguidores eso no significa nada, porque “Trump ganó”. Para ellos lo importante es que Trump ganara y que Putin lo apoye, independientemente de que se trata de un autócrata que desaparece periodistas, adversarios y disidentes en suelo ruso o donde le venga en gana. Rusia es un país adversario, pero en la era de Trump y con base en sus propios preceptos, si los adversarios son blancos y no musulmanes, nada importa. Ha hecho, como antaño, su versión moderna de los gulags.

La pregunta obligada es qué le sabe el exespía de la KGB a Trump para ponerlo a bailar al son que le toque el ruso, obligándolo a voltear bandera incluso hacia el propio pueblo estadounidense que aún mira con incredulidad y espanto el nivel tan bajo al que ha caído en el mundo la imagen de su país, sin que nadie internamente quiera o se atreva a enjuiciar al responsable.

Porque realmente no existe otra explicación para que un presidente de Estados Unidos, en el extranjero y en una rueda de prensa de alcance mundial, se haya ido en contra de los servicios de inteligencia de Estados Unidos que han concluido que, en efecto, Rusia atacó las elecciones de 2016 para favorecer a Trump, dándole más crédito a las mentiras de Putin de que su gobierno no intervino. Y todo esto tras atacar, durante días, a los países aliados de Estados Unidos en Europa.

En la lista de razones para que Trump actúe como el perro faldero de Putin, la primera se mencionó arriba: tiene que saberle algo tan terrible que lo tiene de manos atadas, haciendo de Trump “un tonto útil” en su juego de ajedrez político internacional. Y debe ser algo tan comprometedor, que precisamente por esa razón el mandatario estadounidense trata con indulgencia al ruso, como dos camaradas dispuestos a solaparse el uno al otro con la aviesa intención de colocarse por encima del resto del mundo. Esa conferencia conjunta Trump-Putin ha sido tan simbólica como real en torno al ejercicio del poder aplastante. ¿Qué se trae entre manos esta versión moderna de “Los hermanos Karamazov”?

Pero también pueden ser otras las razones, como por ejemplo que Trump se resista a aceptar el ataque ruso a nuestras elecciones porque hacerlo deslegitimaría su presidencia, prefiriendo guardar silencio aunque ponga en riesgo a las instituciones del país y a su población. A Trump solo le importa Trump, pero sus habilitadores y seguidores aún no lo entienden, y refunfuñan cuando se les restriega en la cara, con hechos, esa verdad tan clara como evidente.

O puede ser que Putin es lo que Trump ansía llegar a ser, en términos de poder y riqueza personal mal habida. La afinidad de Trump con dictadores y autócratas es harto conocida. Recientemente se reunió con otro brutal dictador, el norcoreano Kim Jong-un, y de ser su némesis, pasó a ser su cuatacho del alma. Poco le faltó para besarlo.

Esos tres —Putin-Trump-Kim Jong-un— conformarían perfectamente un moderno “eje del mal” dispuesto a controlar al mundo, dictando desde sus posiciones las nuevas reglas del juego: el suyo. Cualquier semejanza con aquel otro malévolo eje “Berlín-Roma-Tokio” es mera coincidencia. O quién sabe.

Quizá otra razón sea que Trump sabe que no será presidente eternamente, aunque quisiera, y solo está tratando de asegurarse, después de su presidencia, negocios con los oligarcas rusos que favorecen a Putin económicamente y lo mantienen en el poder.

O las razones pueden ser más macabras. Trump le vende el alma al diablo si eso lo beneficia económicamente y quién sabe qué le están dando para empujar la agenda de Putin, cuyo fin es desestabilizar el orden mundial conocido y dar paso a otro que se acomode a su estilo y a los fines que persigue en la historia, no importa que pase por encima de las instituciones y de su propia gente o la de otros países. Haber favorecido a Trump y cobrárselo después ha sido una fórmula infalible... hasta el momento.

Independientemente de las razones que muevan a Trump a aliarse con el enemigo, la realidad es que nadie debe estar sorprendido.

La pregunta es dónde están y qué harán los republicanos más allá de divulgar tímidos comunicados de prensa afirmando que Rusia sí nos atacó, pero sin condenar enérgicamente a Trump porque, después de todo, el presidente tiene el apoyo de 90% de los republicanos.

La ironía no pasa desapercibida. Los republicanos se han preciado de ser los más acérrimos defensores de la bandera y de la Constitución y los más obstinados opositores del comunismo de la ex Unión Soviética. Fue un senador republicano, Joseph McCarthy, quien durante la Guerra Fría condujo una verdadera cacería de brujas contra quienes se sospechaba que eran simpatizantes del comunismo. Ya no existe la Unión Soviética y la Federación Rusa no es comunista, pero sigue siendo una dictadura nada disfrazada. Y el principal porrista y defensor de Putin es un republicano presidente de Estados Unidos. Los vuelcos que ha dado la historia en esta saga huelen a traición: algo se está pudriendo en DC.

No es que Estados Unidos le haga el feo a todos los dictadores. A través de la historia reciente, Estados Unidos se ha hecho de la vista larga ante dictadores que les sirvan a sus propósitos; y ha condenado a otros si sus intereses se ven afectados.

Ahora un presidente republicano actúa como la marioneta de un autócrata ruso. Un presidente republicano antepone los intereses rusos a la seguridad e integridad de las instituciones de su país. Eso constituye traición. El Partido Republicano le pertenece a ese individuo y tal parece que, al igual que Trump, los republicanos prefieren ganar una elección traicionando al país acostándose con el enemigo. La crisis que enfrentamos como nación es peor de lo que pensábamos.

Pero no hay crimen sin castigo, como lo perfiló literariamente el gran escritor ruso Fiodor Dostoievsky, quien sabía lo que decía en tiempos de los zares. Y todo criminal lleva un Raskolnikov adentro. Trump debería, también, verse en ese espejo más detenidamente a partir de este momento.